sábado, 3 de mayo de 2008

¡DESCANSA UN MOMENTO, AMIGO!

Camina plácidamente ante el ruido y las prisas, y recuerda la paz que puede haber en el silencio. Siempre que sea posible, sin rendirte, llévate bien con todas las personas. Di la verdad claramente y con serenidad; y escucha a los demás, incluido al torpe y al ignorante, él también tiene una historia que contar.

Evita a las personas ruidosas y agresivas; son vejaciones para el espíritu. Si te comparas con los demás, puedes volverte vanidoso o amargado, pues siempre habrá personas mejores y peores que tú. Disfruta de tus logros, tanto como de tus planes. Conserva el interés en tu profesión, por humilde que esta sea: es una posesión en los turbulentos cambios de la fortuna.

Sé precavido en los negocios, porque el mundo está lleno de astucias. Pero que esto no ciegue tus ojos ante la virtud que exista; muchas personas que luchan por altos ideales y en todas partes la vida está llena de heroísmo. Sé tú mismo. Sobre todo no finjas afecto. Tampoco seas cínico en el amor, porque ante la aridez y el desencanto, el amor, es tan perenne como la hierba.

Acepta mansamente el consejo de la edad, y renuncia con elegancia a las cosas de la juventud. Nutre la fortaleza de tu espíritu para que seas tu escudo ante la desgracia inesperada. Pero no te turbe con negras fantasías. Muchos miedos nacen del cansancio y la soledad. Más allá de una sana disciplina, sé suave contigo mismo.

Eres una criatura del Universo, no menos que los árboles y las estrellas, tienes derecho a existir. Y tanto si lo ves claramente como si no, el Universo evoluciona tal como debe. Por lo tanto, vive en paz con Dios, no importa como Lo concibas.

Y sean cuales sean tus afanes y aspiraciones, en la ruidosa confusión de la vida, vive en paz con tu alma. Con todas sus grandezas, su rutina y sus sueños rotos...en un mundo hermosos. Sé alegre y…¡¡¡Lucha por ser feliz!!!.

“Ea, hombre, deja un momento tus ocupaciones habituales: entra un instante en ti mismo. Dedícate un rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle, y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de Él.

Di, pues, di a Dios: “Busco tu rostro, Señor, anhelo ver tu rostro”. Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón, dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte” (San Anselmo de Canterbury)

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