miércoles, 5 de agosto de 2009

TREINTA Y DOS

No se me olvida fácilmente este número. El motivo es que fue un hecho real como la vida misma, ocurrido casi a finales del siglo pasado. En casa de un familiar en una fiesta señalada.Nos juntamos gran número de familiares en la mesa, para cenar y así pasar un buen rato de alegría y gozo, como suele ocurrir en estas ocasiones.

Todo discurría según estaba señalado en el guión De pronto uno de los más pequeños quiso decir algo y todos callamos para escuchar la gracia. “-Mamá, llevo ya treinta y dos gambones comidos”. Respuesta de la madre:- “Pues , sigue hijo, y aprovéchate del momento”. No sé si el chiquillo aquel sucumbió a los casi tres docenas de buenas gambas. Ignoro si, después de madrugada, la madre tendría que darle una manzanilla. Nunca más se habló del tema.

¿Y por qué motivo me viene este hecho a la mente? Varios motivos como los siguientes. Esa cantidad de 32 gambas –no era época de crisis aquella- es inadecuada para que una criatura de unos once años deba consumir en una cena. Supone esto falta de sobriedad en la comida, porque después llegaron otros manjares, postres suculentos, etc. Los padres de la criatura se debieron ahorrar la cena de una semana por lo menos. Pero considero que cometieron una gran torpeza, cual es no educar en el consumo de alimentos. Claro, que en esta ocasión, estábamos en casa de otra persona y convenía “arramblar con todo”

Otro motivo es que ahora que estamos en agosto y nos reunimos para celebrar fiestas familiares y temo que pudiera repetirse en algún hogar la misma escena, a pesar de la crisis En los dos casos está mal porque el hecho de cenar juntos unos familiares no es una carrera de obstáculos. ¿Quién come más torrijas, centollos, sardinas, chuletas, gambas, helados, etc. Pienso que la labor educativa que, corresponde en primer lugar a los padres, acapara todos los ámbitos donde los hijos se desenvuelven. la comida, saber estar, composturas, conversación y otros asuntos importantes que conforman la personalidad de cada hijo. ¿Acaso no hablamos más d una vez de la educación integral?

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